Claudia ante la nación


Norberto Hernández Bautista:
El patrón es el mismo: la derecha y el conservadurismo en México siempre han ido en contra del interés nacional. Su opción ha sido colocarse del lado de Estados Unidos para hacer de ese país el medio para tener y conservar el control sobre la riqueza nacional. Ese es el reto decisivo que enfrenta la presidenta Claudia Sheinbaum. No es una coyuntura; es un asunto estructural de la política nacional.
Desde 2018, el poder político tomó un rumbo diferente. El pueblo votó masivamente por un proyecto en el que el bienestar de los más necesitados es la base de su continuidad. “Primero los pobres” es el dogma del movimiento. Los olvidados vencieron a quienes habían detentado el control del país. Pocas familias gozaban de la riqueza nacional y el sistema de partidos estaba diseñado para reproducir el modelo una y otra vez.
Llegó la alternancia con el PAN, pero, al asumir la conducción del país, el presidente Vicente Fox se echó en brazos de los grupos dominantes tradicionales. Su gobierno fue una traición a las mayorías que lo llevaron a la Presidencia de la República. A pesar de la alternancia, Estados Unidos siguió desempeñando el papel de juez de los presidentes mexicanos en turno. Felipe Calderón y Enrique Peña se alinearon, fueron presidentes disciplinados frente a la dependencia norteamericana.
Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo no requirieron del aval de Estados Unidos para legitimar sus triunfos electorales. Nacieron autónomos. Esa condición es la que no perdona el gobierno norteamericano. Su reacción ha sido mantener una campaña de acoso sobre la presidenta Sheinbaum.
Ella ha recurrido a las bases que la hicieron presidenta. Las mujeres han hecho un frente a su lado. Incluso, se han sumado sectores que no coinciden ideológicamente con la 4T. Por esa fortaleza, México vive un momento singular en su relación con Estados Unidos.
De 1836 a 2026, la presión de Estados Unidos ha sido una constante. Tres veces se tradujo en intervenciones militares directas: la guerra de 1846-1848, cuando las tropas estadounidenses llegaron hasta la Ciudad de México; la ocupación de Veracruz, de abril a noviembre de 1914; y la Expedición Punitiva de 1916-1917 contra Pancho Villa, a quien el general John J. Pershing nunca logró capturar. Justificaciones nunca le han faltado al gobierno norteamericano para ejercer su intervencionismo en México.
En otras ocasiones, las presiones han sido económicas o se han presentado bajo el argumento del combate al narcotráfico. Cuando Washington considera que una amenaza originada en México afecta directamente la seguridad de Estados Unidos y juzga insuficiente la respuesta mexicana, aumenta su disposición a actuar unilateralmente.
La justificación cambia con cada época, pero permanece la tensión entre la seguridad estadounidense y la soberanía mexicana. Desde 1969, con la lucha contra el tráfico de drogas, la modalidad intervencionista adquirió otra dimensión; después se actualizó con el combate al crimen organizado transnacional y, desde 2025, el narcotráfico comenzó a ser conceptualizado en Washington como terrorismo y amenaza a su seguridad nacional. Cambian los argumentos y los métodos, pero la presión permanece. Y frente a ella, los sectores conservadores vuelven a colocarse del lado de las posiciones estadounidenses.
La presidenta ha fortalecido la unidad nacional frente a las amenazas del exterior.
Ahora falta acompañar esa defensa de la soberanía con mayor firmeza frente a quienes, desde dentro, anteponen sus intereses políticos al interés nacional.
Claudia Sheinbaum enfrenta una responsabilidad propia de un Jefe de Estado: defender la capacidad de México para decidir su propio destino.
Ella sabe que frente a Estados Unidos se puede negociar todo, menos la soberanía de México.




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