¿Está loco… y los demás?
- Redacción: La Noticia Es

- hace 2 días
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El momento que vive el presidente Donald Trump ha marcado una nueva etapa decisiva para los Estados Unidos. Nunca antes el poder militar de la nación más poderosa del mundo había enfrentado un desafío de tal magnitud: su propio “Waterloo”.
Se ha planteado la idea de que Trump “fue a la guerra”. Pero esa afirmación, por sí sola, resulta simplista. ¿Puede una decisión de tal magnitud ser verdaderamente individual? ¿O responde, más bien, a un entramado de presiones políticas, intereses económicos y alianzas internacionales? La influencia de figuras como Benjamin Netanyahu, así como de diversos grupos de poder en Washington, abre interrogantes legítimas sobre cómo se toman realmente estas decisiones.
Atribuir un eventual conflicto con Irán a la voluntad exclusiva de un presidente no solo es reduccionista, sino poco verosímil. Estados Unidos cuenta con complejos mecanismos institucionales y militares que difícilmente permitirían una acción de esa naturaleza sin evaluaciones previas. Incluso factores de presión, como los escándalos asociados a los archivos de Jeffrey Epstein, no bastan para explicar decisiones de carácter geopolítico.
Antes de cualquier escalada contra Irán, Estados Unidos ya tenía como referencia la guerra entre Rusia y Ucrania. Impulsada junto con la OTAN; dicha guerra contó con apoyo militar, financiero y tecnológico. Aun así, los resultados no fueron los esperados. Vladimir Putin evitó entrar en el juego estratégico de sus adversarios, optando por una guerra de desgaste. En momentos clave, incluso recurrió a armamento avanzado como el “Oreshnik missile” enviando un mensaje de disuasión a actores europeos como Francia y el Reino Unido.
Con el paso del tiempo, Ucrania confirmó lo que desde el inicio parecía evidente: la guerra se volvía insostenible. La ayuda externa comenzó a disminuir, no por falta de voluntad, sino por limitaciones reales en la capacidad productiva de armamento. Los arsenales empezaron a vaciarse.
A pesar de este precedente, se tomó la decisión de atacar Irán. ¿Fue una locura de Trump o una decisión colectiva de un sistema más amplio? La industria armamentista, las grandes corporaciones, los bancos, los grupos de presión y los aliados políticos también forman parte de esa ecuación. La estrategia parecía apostar por una guerra de días o semanas para forzar la rendición iraní. En ese contexto, pensar en una intervención rápida y decisiva contra Irán parece, como mínimo, optimista. La hipótesis de una guerra corta, capaz de restablecer el dominio estadounidense, asegurar rutas energéticas y reforzar la posición de Israel en Medio Oriente, responde más a una narrativa estratégica idealizada que a una realidad comprobable.
Sin embargo, los hechos no se desarrollaron como se esperaba. Irán demostró capacidad para penetrar las defensas aéreas israelíes, incluyendo sistemas como “Iron Dome”, “David's Sling” y “Arrow 3”. La estrategia de saturación mediante drones y misiles de bajo costo logró desgastar los sistemas interceptores. Israel se vio obligado a pausar operaciones con apoyo estadounidense; logró detener la conocida “guerra de los doce días”. Pero regresaron. Tras retomar las acciones, Irán respondió con mayor intensidad y ha sorprendido a sus enemigos y los países de la OTAN con la capacidad de fuego demostrada. Los que se han quedado sin misiles interceptores es Israel y probablemente los Estados Unidos.
Irán no solo representa una capacidad militar, sino también una posición geopolítica clave. El control del Estrecho de Ormuz constituye una herramienta de presión global que trasciende el ámbito estrictamente militar y afecta directamente al equilibrio energético y económico mundial. China también está en el conflicto actuando del lado de Irán. El peso decisivo de las negociaciones está del lado de los persas.
La llamada “locura” tuvo, finalmente, profundas consecuencias geopolíticas.




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