Los informes de Sheinbaum


Norberto Hernández Bautista:
Desde la llegada de la 4T al Poder Ejecutivo, la comunicación política modificó los estándares conocidos en México. La mañanera del Peje estableció la agenda nacional y rompió el dominio que durante años concentraron los grandes medios de comunicación. El presidente dejó de ser rehén de los dueños de las empresas concentradoras de noticias que condicionaban la figura presidencial. Si se portaba bien, estaban con él; si se portaba mal, simplemente lo hacían pedazos. Eso hicieron con los presidentes Fox, Calderón y Peña Nieto. Los ridiculizaron hasta el cansancio.
La figura presidencial dejó de imponer autoridad frente a empresarios que asumieron una función dominante en la lógica del ejercicio del poder político en el país. La mañanera dio un giro de 180 grados a esa relación. Superó la condición de subordinación y devolvió centralidad y respeto al presidente. La estrategia del Peje cruzó las fronteras, provocó reacciones diversas en otros países, sobre todo entre gobiernos de corte progresista en América Latina.
Hubo algo más en la estrategia del Peje: recorría el país como si estuviera permanentemente en campaña electoral. Los fines de semana visitaba las entidades para iniciar, evaluar o inaugurar obras de su gobierno. Llegado el día del informe, lo presentaba en un evento en el patio central de Palacio Nacional. Después salía a los estados a repetir lo dicho en su informe a la nación. Era un activismo comunicacional contundente. Nunca pudieron cerrarle el paso y mantuvo la mayoría en la Cámara de Diputados en las cruciales elecciones de 2021.
Efectiva, pero la estrategia comunicacional no evitó el surgimiento de una falla paralela. En esos seis años de “pejismo”, el presidente caminó prácticamente solo. Ningún gobierno estatal o municipal construyó una estrategia de comunicación que acompañara la presidencial. Todos esperaban lo que hacía el presidente para montarse en sus acciones y en su discurso. Ese mal sigue acompañando a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Morena tiene la mayoría política en el país, pero esa condición no se refleja en su comunicación. Peor aún: en lugar de ayudar, varios gobernantes han provocado escándalos que la Presidencia termina obligada a desactivar.
Los vuelos de la gobernadora de Quintana Roo, las visas retiradas por el gobierno de Estados Unidos a figuras públicas identificadas con Morena, los viajes al extranjero, las comidas en restaurantes de lujo y los políticos que imponen a sus cercanos en cargos de elección popular son acontecimientos que chocan con el principio de no mentir, no robar y no traicionar al pueblo. Todos han sido noticia, pero de la mala.
Mientras tanto, la presidenta sigue informando en la Mañanera del Pueblo y recorriendo los estados para comunicar los logros de su gobierno. Sin embargo, en el terreno de la comunicación sigue navegando prácticamente sola. No existe un acompañamiento coordinado de los gobiernos de Morena ni de la estructura territorial del partido. Esa es una falla que debe corregirse.
Replicar en cascada las acciones del gobierno federal, reforzadas con los resultados de los gobiernos locales, permitiría construir una estrategia territorial de comunicación capaz de disputar la conversación pública y enfrentar el efecto de los algoritmos y de la inteligencia artificial en la circulación de contenidos políticos. Porque hay otro jugador en esta disputa: el algoritmo.
Es invisible, pero está presente todos los días. Amplifica contenidos, multiplica narrativas y puede convertir un hecho aislado en una crisis política.
La batalla política ya no se libra únicamente en las calles, en las plazas, en los medios o en las urnas. También se disputa en las pantallas. Y quien no entienda al algoritmo terminará siendo gobernado por él.




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