Mapache electrónico


La derrota de Lula en la primera vuelta de las elecciones de Brasil fue bien recibida por la derecha mexicana. Su entusiasmo llegó al punto de vaticinar que México sigue y que pronto derrotarán a Morena y a la 4T. Sin embargo, el mapa político nacional y la composición de las cámaras legislativas muestran otra realidad: la transformación ocurrida en los últimos ocho años, a lo largo de tres procesos federales: 2018, 2021 y 2024.
La derecha puede interpretar el resultado de 2018 como un castigo por el hartazgo social hacia el PAN y el PRI, que se habían alternado en el Poder Ejecutivo. Pero después vinieron otras dos elecciones sin que lograran detener el avance morenista ni desactivar el movimiento social que acompaña a la 4T. Lejos de fortalecer sus estructuras, ambos partidos se debilitaron. Sus dirigencias siguen sin encontrar el camino de la recuperación electoral.
Han buscado alianzas unidas por sus odios, sin ofrecer alternativas para construir un país más competitivo. Son aldeanos que perdieron su imperio y pelean por recuperarlo, aunque ese imperio ya se extinguió, junto con las prácticas que lo sostenían. Controlaban todo y, al perder el poder, lo perdieron todo. Frente a ellos surgió una manera de administrar lo público con mayor sentido social. Quienes los vencieron no buscaban enriquecerse con el poder, sino impulsar políticas de bienestar. Ese respaldo sostiene su base social y su ejército electoral. Hasta ahora, ha funcionado como una estructura electoral sólida.
La posibilidad de vencer a Morena y desplazar a la 4T no se advierte en lo que hoy representan el PAN, el PRI o MC. Son estructuras legales con prerrogativas y presupuesto público, rebasadas por un escenario político en el que han perdido capacidad de representación. Los ciudadanos que no simpatizan con la izquierda recurren a ellos porque no encuentran otras opciones. Su debilidad institucional e ideológica desalienta al elector, que termina por abstenerse bajo la idea de que todos son iguales. Ni a cuál irle.
Las derrotas de la izquierda en América Latina y el ascenso de presidentes de derecha parecen reanimar a los competidores de Morena. Algunas voces anuncian que ahora sí perderá e incluso pronostican cuántas entidades ganará la oposición. Son como la partera del pueblo: «Si no es niño, es niña». Se apoyan en encuestas sin advertir que estas también se han convertido en instrumentos de propaganda política.
Pero, en los países donde han sido derrotados los gobiernos progresistas, el triunfo no puede atribuirse solo a los candidatos, los partidos o sus dirigentes. Un factor decisivo ha sido el nuevo intervencionismo estadounidense. Ya no opera únicamente mediante la imposición de dictaduras: también busca influir directamente en las elecciones. Así ocurrió en los procesos recientes de Colombia y Brasil. El desgaste de los gobiernos de izquierda no cesa, mientras la derecha articula un frente dirigido por Estados Unidos.
Una de sus principales herramientas ha sido el activismo electrónico para cooptar conciencias. El uso de plataformas digitales para ganar elecciones cobra fuerza, a costa de la democracia y la libertad. La derecha parece no entender el alcance de este proceso: quiere ganar a toda costa, sin advertir que también ella corre el riesgo de perderlo todo. Nunca les ha interesado la soberanía, porque siempre fueron subordinados resignados del gobierno norteamericano. Solo que México ahora es un actor geopolítico atractivo para las potencias del escenario multipolar.
Cualquier triunfo derivado del nuevo intervencionismo norteamericano y del uso de las plataformas y bases de datos será débil, carente de la legitimidad que solo ofrece una victoria democrática. Nunca será orgánica, será ficticia, de bots de IA.




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