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El largo invierno que viene



POR NORBERTO HERNÁNDEZ BAUTISTA

—Melitón que les dices a los amigos del PRI, en este momento de tanto dolor.


—Nada más porque estamos degustando “Yuca”, creo que suena más apropiado para el momento la canción de Cuco Sánchez, con la que me he echado los mejores tragos de mi vida. Sí, ahí, en la Sulema, rodeado de mujeres que cierran los ojos y recuerdan algo, lo sienten, lo viven, lo sufren y las cura. Tal vez por eso me gusta.


“Y tú que te creías el rey de todo el mundo; y tú que nunca fuiste capaz de perdonar, y cruel y despiadado de todos te reías...


Y así sigue la letra de “fallaste corazón”. Ellos van entender la canción.


Esta vez, querido “Yuca”, el tricolor no pudo festejar; sabían que venía la derrota. El enojo ha sido tal que se rompió la disciplina que los distinguía de otros grupos o clase política. Desde luego que escuchamos expresiones de todo tipo, análisis que pretenden dar respuesta a lo que no la tiene. Alguien puede definir la palabra hartazgo, pero no calcular su contenido; esa palabra es compleja, porque encierra muchos significados. Uno de ellos motivó la derrota del partido nacido durante “el Maximato” callista (1928-1934) y del grupo político impulsado por don Isidro Fabela en 1942. El partido y el grupo Atlacomulco vitorearon triunfos, llenaron plazas para hacer sentir su poder vertical, aplastaron y reprimieron a la oposición. Era imposible imaginar una derrota.


“Los tolucos” nunca habían sentido las emociones que provoca perder una elección estatal. Conocieron descalabros en comicios presidenciales —en 1988 y en 2000— también perdieron elecciones municipales (1996), pero nunca habían sufrido un descalabro en elecciones estatales. Por paradójico que parezca, a la oposición que siempre dividieron —al PAN y al PRD— el día que la unieron en torno al PRI, perdieron. El éxito de su continuidad fue siempre el manejo del proceso electoral, marcar los tiempos, crear candidatos de partidos de oposición, acomodar reformas constitucionales y siempre impedir la unión de la izquierda y la derecha, porque perderían la gubernatura. El priismo mexiquense era la versión más acabada del significado del poder como forma de control político.


En 2017 inventaron un candidato al PRD que dio un millón de votos al PRI y eso marcó la diferencia. Pero Morena, partido nacido el 9 de julio de 2014, los puso contra la pared. El PRI se movilizó como nunca. Logró sostenerse a la mala; como dijo el clásico “pelearon por una carta de mayoría, no de buena conducta”. En las elecciones de 2018, Morena ganó la mayoría en la cámara de diputados locales y eso limitó la capacidad de maniobra del gobernador Del Mazo; en las elecciones intermedias de 2021, se recuperaron unidos en una coalición, pero el 4 de junio de 2023, la tendencia de los últimos seis años se confirmó: Morena ganó la gubernatura del Estado de México.


El desconcierto de la derrota los dejó desolados; en busca de algo que los desahogara se refugiaron en insultar a la candidata ganadora. Soltaron una lluvia de mensajes de odio, de discriminación y de racismo contra ella. Luego pasaron a decir que fue el gobernador el culpable de su derrota, acto seguido culparon a los ciudadanos por no salir a votar y hasta hubo quien le mentó la madre al gobernador vía “tuiter”.


Al priismo mexiquense le viene un largo invierno, solo parecido al sufrido por las tropas alemanas en la estepa rusa. Serán seis años de soledad, pero pueden ser doce. Los priistas nunca han elegido nada, ahora tendrán la oportunidad de escoger su destino.


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