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Espalda con espalda

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Redacción: La Noticia Es
hace 5 minutos
3 min de lectura

Norberto Hernández Bautista:


En el viejo sistema político mexicano, era previsible la ruptura entre el candidato del PRI a la presidencia de la república y el presidente en turno. Resultaba extraño, pues el propio mandatario lo había elegido como sucesor. El dedazo presidencial se imponía sin que nada mediara en la decisión. Apenas arrancaba la campaña, el candidato, ya fortalecido, buscaba el momento de marcar distancia con quien lo había elegido.


Otra rareza del sistema era que el candidato presidencial priista prácticamente tomaba decisiones como presidente desde la campaña. El último año del sexenio se convertía en un largo adiós del mandatario saliente al pueblo que lo había padecido y al que él suponía haber gobernado. Los funcionarios que buscaban dar continuidad a su carrera burocrática renunciaban para sumarse a la campaña. Quienes se quedaban sabían que era su último año en funciones y que se irían con el presidente al concluir el sexenio.


No fueron pocos los presidentes que intentaron seguir ejerciendo el poder después de concluir su mandato. El último fue Carlos Salinas de Gortari, quien quiso subordinar al entonces presidente Ernesto Zedillo Ponce de León, mejor conocido como el padre del Fobaproa. Terminaron mal. Zedillo encarceló a un hermano de Salinas y acabó con la imagen de la llamada Salinistroica, denominada así porque se consideraba a Salinas el gran transformador del país. ¡Imagínense nada más!


La ruptura sexenal fue la marca de la casa durante los gobiernos del PRI. Los dos sexenios del PAN no trajeron ninguna novedad; sus gobiernos llegaron incluso a impulsar el regreso del PRI a la presidencia. Con la 4T hay una diferencia cualitativa: su éxito radica en la continuidad. Entre el gobierno de López Obrador y el de Claudia Sheinbaum Pardo hay cambios de forma, pero no de fondo.


El proyecto de nación es el mismo y el programa de gobierno, identificado con las mayorías populares, se ha fortalecido. El cimiento que une ambos periodos es la identificación con el pueblo, base social que garantiza la continuidad y la fortaleza del movimiento. Han querido confrontar a López Obrador y a Sheinbaum, pero todos los intentos han fracasado. Las presiones contra la presidenta son constantes, sobre todo mediante una campaña contra uno de los hijos de López Obrador y contra funcionarios identificados con el sexenio anterior.


La oposición en su conjunto no asimila ni ha dimensionado el arraigo popular del lopezobradorismo. No tienen cómo frenarlo. Por más que recurran al uso propagandístico del narcotráfico y la presencia del crimen organizado. Vicente Fox salió a la escena pública y, por más que gritó «¡Vamos a partirle la madre a Morena!», solo hizo el ridículo. Después apareció Felipe Calderón y le fue peor. Nada comparable con la aparición de López Obrador en redes sociales con motivo de la pronta aparición de su último libro.


Ese carisma sigue vivo y se ha sumado a la valoración positiva de la presidenta entre la mayoría de los mexicanos para consolidar el éxito del proyecto de la 4T y del partido movimiento. En la estrategia político-electoral morenista para las elecciones de 2027, la continuidad es la mejor plataforma para movilizar a sus electores.


La única amenaza sería equivocarse en la selección de candidatos. Aunque no fue una situación fuera de control, la elección de los coordinadores estatales dio la nota negativa. Sin embargo, no fue tan grave como lo han sido los errores de la Fiscalía General de la República (FGR) en el caso de la supuesta mayor incautación de huachicol en Guanajuato y en el arraigo domiciliario del exgobernador Ernesto Ruffo.


La continuidad funciona, pero no es infalible.

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Por: Juan Gabriel González Cruz

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