Un tiro derecho
- Redacción: La Noticia Es

- hace 6 horas
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Por Norberto Hernández Bautista:
No pues, nunca pensé que pasaría. Ella lo hizo; me dolió, pero no le di gusto. Disimulé, aunque por dentro sentía que me moría. No sabes todo lo que viví. Al final me preguntaba por qué y, por más vueltas que le daba, siempre regresaba al mismo punto. Se fue… o, más bien, nunca estuvo.
Todavía recuerdo su cuerpo, su risa y esa gracia maravillosa para bailar. Sabes, compa Melitón, que no soy bueno para eso, pero me esmeraba; y junto a ella no importaba, simplemente lo disfrutaba.
Salíamos, ya sabes: un desayuno, una comidita, el cine, el antro, las “michis” y hasta un concierto en el auditorio. Claro, dentro de mis posibilidades, que no eran muchas. Tal vez por eso se fue; conmigo no había futuro. Era sugar, pero no daddy.
—¿Todas esas piedras traías en tu morral, caballo? —soltó Melitón—. Me hubieras dicho y un frasco estaba puesto. Con algo en la sangre, las palabras fluyen: se pierde la pena, el miedo, y uno dice lo que trae sin tanto rodeo.
—Ya pasó —responde el caballo—. Me aislé para no regarla ni dar pena. Pero ya estoy listo para otra. Total, ya tengo experiencia con el abandono.
Hace una pausa y, como quien se agarra de algo para no caerse, el caballo remata:
—Como dice Álvaro Carrillo: “como quien lleva un lunar, todos podemos una mancha llevar; en este mundo tan profano, quien muere limpio no ha sido humano…”.
—Eso es todo —dijo Melitón—. ¿Cuál miedo? Usted agarre piedras, mi buen caballo, y arre.
En eso llegó Cláusula, mirando de reojo.
—¿De qué tanto hablan? Se ven sospechosos. No han de ser cosas buenas… seguro andan en un “complo”, amarrando navajas.
—Cosas de la vida —dice el caballo—. Del corazón.
—¿Te lo atropellaron, caballo? ¿Quién fue? Yo me pongo los guantes con la culpable. Para maltratarte, nada más yo.
—Esa es buena idea —responde—. Para la otra te tomo la palabra.
Melitón soltó la risa.
—Ándale, algo como el Adame y la Karely: dos, tres cachetadas y listo. Hasta un varo nos ganamos.
—Pero una sola pelea no llena cartelera —agregó—. ¿A quién más subirían?
Y ahí fue donde la pena del caballo se volvió relajo político.
—Ya está, compa Meli. Noroña contra Alito: garra contra bótox. Luego Labastida contra Fox: el de las tepocatas contra el de “me dijo la vestida”. Metemos una preliminar: Montiel contra Madrazo. Y si queremos subirle, un tiro sin guantes del Peje contra el jefe Ciego.
Melitón no se quedó atrás.
—Si ya andamos en esas, la estelar sería el Peje contra Salinas. Pero antes, una calentadita con Calderón. Y de entrenador, Cárdenas… aunque ya no esté para subirse al ring, sí quiere desquite por el fraude del 88.
Cláusula, que no perdía detalle, se metió de nuevo:
—¿Y en el municipio quién contra quién? A ver, no se hagan, digan nombres.
Melitón levantó la mano para decir:
—No, mi Cláusula. Esa cartelera será para otra ocasión. Esta ya está llena. Pero eso sí: en el municipio, de que hay tiro, hay tiro señores.
Los tres guardaron silencio un momento.
—Todos están entrenando —continuó Melitón—. Haciendo sombra, grabándose, repartiéndose abrazos y besos. Nadie se descuida. Se preparan para la pelea.
—¿Contra quién? —preguntó Cláusula.
—Quién sabe… pero contra el que sea. Porque al final, no solo en la política hay peleas cantadas. En el amor también uno entra al ring… aunque sepa, desde el primer round, que al final va a recurrir a José Alfredo: “Estoy en el rincón de una cantina...”.




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