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(In)definición



POR NORBERTO HERNÁNDEZ BAUTISTA

La posibilidad de integrar una coalición parte de un principio básico: que el candidato o candidata tenga fortaleza hacia el interior del partido que la propone. Si eso no se cumple, los posibles partidos de la coalición tienen sus dudas sobre si ir en el acuerdo, porque puede significar mayores pérdidas que competir con un candidato propio.


La otra variable negativa es que, de aceptar formar la coalición con una o un candidato que no reúne el apoyo de su propio partido, la verdadera coalición se agrupe en otro lado. En este caso, cuando se deja fuera a un aspirante carismático, al de mayor aceptación entre la militancia y simpatizantes o al que impulsó un movimiento interno donde ganó más simpatías que la propuesta designada, se corre el riesgo que la coalición que se integre no sea competitiva. Esto es definitivo, porque se va en alianza pensando en ganar, no en solo competir.


El candidato o candidata que queda fuera de la designación, cuando en el proceso interno se le negó la oportunidad de competir, con frecuencia se convierte en un factor relevante para formar otra alianza, para participar con una fuerza que antes del proceso no tenía y para convertirse en una figura a la que se debe buscar, porque es factor de negociación. Puede representar la diferencia entre ganar o perder. En cierto sentido, para alguien que es vencido sin competir, es una reacción esperada. ¡No me voy, me corren!


Desafortunadamente, no se va solo o sola, se lleva su capital político. Se podrá argumentar que no se lleva nada, que es poco lo que representa, pero ¿si es así, por qué no competir? ¿por qué no se hace una convocatoria y se va a una elección interna? Si es débil su movimiento, si sus seguidores son minoría ¿qué caso tiene no hacer una elección interna? La competencia electoral obliga a los partidos a poner en práctica reglas que antes eran impensables ejercer, pero que en el contexto de la alternancia política son necesarias.


La disciplina, la lealtad, la unidad solo prevalecen y son válidas si se ajustan a los nuevos valores de la competencia político-electoral. Acudir a formas y métodos del pasado pueden servir para justificar una decisión tomada, pero no contribuyen a la indispensable legitimidad de un candidato para salir a competir. Antes se podía poner al que fuera, su destino estaba trazado: iba a ganar. Ahora, si un candidato sale a competir, teniendo como único apoyo la designación, es un mal inicio.


Los partidos que esperan salir en coalición tienen un escenario complicado. Para uno de ellos su única opción es la coalición, perdiendo ganan. El otro puede aceptar a un candidato o candidata de otro partido a cambio de negociar posiciones del orden político y administrativas. Sin embargo, si la coalición nace débil, entonces no es con esa propuesta con la que se pueda ganar ni negociar. La alternativa es que uno de los otros partidos coaligados sea quien ponga al candidato o candidata; si eso no es viable, entonces no existe posibilidad de tener una coalición exitosa.

El costo más alto para una coalición forzada es que se forme otra con los que no se vean representados en ella. Es altamente probable que surja una coalición entre partidos distinta a la considerada más probable y que esta sea más atractiva a la militancia y simpatizantes que fueron o se sienten desplazados de elegir a su candidato a la coalición original.


Todavía es más costoso si la disidencia se suma en apoyo del adversario al que se quiere vencer. Es una respuesta lógica.

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